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Nicholas Nixon

26/11/2004 - 20/01/2005

click para ampliarLa exposición, que mostró 110 imágenes del fotógrafo americano Nicholas Nixon, se organizó en torno a sus series más representativas y conocidas que ha desarrollado desde los años setenta hasta la actualidad: vistas de ciudades, los porches, las Hermanas Brown, fotografías familiares, ancianos, sida y parejas.

La obra de Nixon es ampliamente conocida en Estados Unidos donde ha expuesto en los mejores museos y galerías: MoMA de Nueva York (1976 y 1988), MoMA de San Francisco, Art Institute de Chicago, Museum of Fine Art de Boston, etc. Y en Europa en el Musee de L´art Moderne de París, Victoria and Albert Museum y Tate Modern de Londres, entre otros. Sin embargo, esta fue la primera vez que se presentaba una exposición completa con carácter retrospectivo de su obra en España. Organizada por la Consejería de Educación y Cultura, Murcia Cultural S.A. Departamento de Artes Visuales y comisariada por Carlos Gollonet Carnicero.

Nicholas Nixon nació en Detroit en 1947. Estudió literatura inglesa en la Universidad de Michigan y posteriormente, en 1974, hizo estudios de postgrado en Bellas artes en la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque. Ese mismo año se trasladó a Cambridge, Massachusetts, donde comenzó a enseñar fotografía en el Massachusetts College of Art en Boston.

Para expresarse, Nixon escoge temas que en su normalidad son extraordinariamente representativos, temas que están siendo vividos por el artista, que pertenecen a la experiencia privada y muy probablemente compartan con nosotros la experiencia de nuestra vida, de ahí que sean capaces de producir en nosotros un efecto de dislocación.

Este fotógrafo recupera el sentido del arte como relato que pueda ser comprendido, compartido y recordado; establece un diálogo reflexivo, creando una obra capaz de inquietarnos, de despertar deseos, de incitarnos a pensar o a transformarnos. Inició su trayectoria en el arte imbuido de las convicciones que le proporcionaba su amplia formación cultural y ha luchado por forzar la coincidencia de sus principios con la experiencia artística.

Nixon utiliza una Deardorff de 8x10 pulgadas, con esta cámara cuyo negativo es tan grande que el positivado se puede hacer al mismo tamaño (negativos de 20.3 x 25.4 centímetros), no se pierde nada de información, la nitidez o la riqueza tonal que podría desaparecer con la ampliación del negativo. Nixon valora especialmente la facilidad con la que se describe el mundo, la absoluta claridad, pero también el espacio que se crea: “Es posible verlo todo. Crea la ilusión de poder ver más de lo que el ojo podría captar si estuviera allí. En esencia es la imagen más nítida que se puede hacer en el mundo de la fotografía”; la fidelidad unida a una cualidad de realismo “tan intensificada que a veces llega a ser surreal”.

Nicholas Nixon desarrolla su trabajo en series. Durante un periodo de tiempo se centra en un proyecto que le interesa emocional y artísticamente en su vida.

Las fotografías que iniciaban la exposición eran las vistas de Boston y Nueva York, formaban parte de la primera serie que desarrolla entre los años 1974 y 1975,  después de trasladarse a Boston. Para él el choque con estas ciudades, ordenadas y caóticas al mismo tiempo, a las que la profusión de formas gigantescas que luchan entre sí por la luz convierte en lugares extraños y ricos para vivir.

El cambio más importante en su trayectoria se produjo a partir del año 1977, cuando empezó a desarrollar la obra más interesante y personal al fotografiar la vida de la gente humilde a lo largo del Charles River, en los alrededores de Boston, lo que continuó haciendo hasta 1982. Nixon consigue adentrarse en la vida de los personajes, en sus relaciones, para abrir las puertas a toda la carga narrativa que estas imágenes son capaces de crear, como si se tratara de secuencias enlazadas de una misma película, en la que el hábil manejo de la práctica fotográfica evita al fotógrafo caer en el fácil riesgo de la sentimentalidad.

Si hay una serie que funciona como tal es la colección de fotografías que Nixon ha hecho cada año, desde 1975 hasta el presente, de las hermanas Brown. Las fotografías funcionan individualmente; el concepto de precisión, el equilibrio de su estructura formal o la riqueza tonal son elementos que la definen. Pero si las contemplamos como serie, se convierten en instantes de equilibrio dentro de un ritmo incesante de transformación. Las veintisiete fotografías de las Hermanas Brown se sitúan en interiores o exteriores, en diferentes épocas del año, más o menos próximas a la cámara, en actitudes distintas, pero comparten todas ellas unas constantes: sólo una fotografía pasa a formar parte de la serie cada año; son retratos frontales; las retratadas siempre miran al objetivo y aparecen en el mismo orden.

Hacia 1984 se produce un nuevo giro en la obra de Nixon. Empieza a fijarse en un tema que se acabará convirtiendo en la nueva serie que le ocupará también durante el año siguiente: los ancianos alojados en residencias que visitaba como voluntario. El cambio es notable por varios motivos, pero especialmente por la experiencia directa, ya que la relación entre el fotógrafo y los retratados es nueva. Nixon se interesa por personas que se encuentran en el final de sus vidas (tema al que volverá en la serie del sida), con los que estableció una relación tras sus frecuentes visitas a la residencia.

Mientras trabajaba en estas fotografías empezó a fotografiar a su hijo recién nacido y dos años más tarde, después de nacer su hija Clementine, cuando finalizaba la serie de los ancianos y buscaba algo diferente, fue consciente de las posibilidades de estas fotografías como tema, aparte del placer que le proporcionaba pasar horas con ellos y convertirse en registrador de sus vidas. Después de atravesar los paisajes desolados de los asilos se centra en la cálida casa familiar, en los seres más queridos, en el mundo más próximo. La tensión de las fotografías anteriores se suaviza. La serie toma cuerpo a partir de 1986 y se va diluyendo conforme los hijos se hacen mayores; las últimas fotografías que aparecían en la exposición eran del año 2000.

La irrupción del Sida en los años ochenta fue algo tan brutal y desconocido a la vez, que abrió un abismo entre la sociedad y los enfermos como hacía siglos no había ocurrido con ninguna otra enfermedad. El propósito de Nixon era “hacer una crónica con honestidad y compasión de lo que puede significar tener Sida; mostrar los efectos que tiene en los que lo padecen y en sus familias, sus amantes y sus amigos; y ver por qué es el más devastador y significativo asunto social y médico de nuestro tiempo”. El proyecto, publicado en People with AIDS, recogía la secuencia de quince vidas afectadas por el sida fotografiadas por Nicholas, con transcripciones de las conversaciones y cartas de su mujer Bebe.

La obra de Nixon ha ido madurando hacia temas más íntimos, más personales, que exploran los contenidos de su obra anterior, donde la atracción por la abstracción y la síntesis se vuelven irresistibles.  La gente, sus cuerpos y gestos, la piel y sus texturas han sido una constante en sus temas. Ahora muestra el dominio que ha llegado a alcanzar en el difícil control de las composiciones simples, para sacarle el mayor partido a la riqueza pictórica del blanco y negro.

 

 

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